La Crespa Insólita
Sus talentos son múltiples, aunque algo difusos; todo en ella es contradicción. Administradora por naturaleza y eficaz en la cocina a fuerza de empecinamiento -‘ay, si tuviera el talento que tienen otros’, no pierde oportunidad de lamentarse entre suspiros-, no esconde su satisfacción por la forma contradictoriamente fortuita y obcecada en que halló el local que alberga al bistró. Sus colegas le brindan un trato que navega entre lo preferencial y lo distante en virtud de sus aires tiernamente autoritarios, mas terminan rindiéndose ante su implacable búsqueda de la velada perfecta. No serán sus caminos los esperables en un mundo convencional como éste, ni sus resultados de calidad notable o, cuando menos, consistente, mas nadie la iguala en persistencia. Su lema: “Sin prisas, pero sin pausa”.
El Mochero
Sus talentos son absolutos e indiscutibles… aunque mínimos, según sus colegas. Menos los miércoles, sin embargo, ya que por esos azares de las constelaciones su genialidad culinaria alcanza cimas insospechadas cuando la semana llega a su medianía. Entonces en la cocina resuena la trompeta de Miles Davis en su fase cool, cuando las especias de antes se disuelven cómodamente en los condimentos del futuro. ¿Qué quiere decir esto…? El Mochero se siente inclinado a preparar caldos reparadores de madrugada, donde los pastiches de inspiración rokhiana elevan sus aromas entre los sonidos de un Fender Rhodes, un Fretless Bass, un ají cacho’e cabra púrpura y eneldo, hierba con que firma cada una de sus poesías de sabor.
El Duende
Nadie es capaz de explicar cómo prepara el más sublime jabalí a la cerveza, coronado de alcaparras, ¿será la mostaza de Dijon…? ; nadie lo sabe, sus colegas menos que nadie. La paleta de sabores, colores y texturas de su cocina constituye un universo mágico al que sólo él tiene acceso. Únicamente el fuego de los hornos, las balanzas, espumaderas y trinchos conocen los secretos de su alquimia. La sola constante en sus afanes culinarios es la compañía amable del syrah que merodea entre las alacenas. Basta un gesto de su mano cocinera y los elementos se movilizan en cinematográfica secuencia. El resultado es siempre de neorrealismo extremo, inesperado, seductor, y ante él no es posible oponer resistencia.
El Tigre del Barrio Rojo
Este experto en menús de lujuria -se rumorea que asesoró a Isabel Allende en ‘Afrodita’-, ha recabado lo mejor de la cocina Patagónica bohemia de horizonte marítimo. Enarbolando machetes y cucharones como si fueran pinceles, acostumbra fugarse en mitad de los cocimientos en busca de nuevas experiencias eroticoesteticoculinarias. Regresa siempre a des-tiempo, mas siempre también blindado por la música de Genesis que esconde bajo la cofia. Bajo su influjo, se desliza con exhuberante pericia entre caldos y menestrones con la esperanza de alcanzar de ese modo el climax del sabor rumoroso de su cocina orgásmica. Pocas parejas sobreviven en comunidad de intereses tras degustar sus maestrías gastronómicas y ninguna se arrepiente de haber saboreado sus artes.




